
Desesperanza, que palabra tan fuerte, tan sin Dios.
Esperanza, que palabra tan viva, tan colorida.
Tomé mi cuerpo de cristal una mañana temprano, tome mi silla de metal, tome mis esperanzas y las desesperanzas, e hice pan con ellas para el desayuno. Me tragué todo tipo de ilusion y de miedo, y salí nutrido de ellas a la vida. Todo era un camino amarillo, un poco adormecido, pero mejor que morir oxidado en el encierro. Vi a millones de personas distintas y sin lugar a duda la unica que nunca pude cambiar fue a mi mismo. Las sombras bailaban felices a mi lado, y dejaba que mi miedo jugara muchas veces con mi esperanza, dejaba que jugaran mis ilusiones con la realidad y al final, sin darme cuenta, todo el mundo jugaba igual. Los hombres bajaban de la luna diciendo que había suficiente energía para suministrar ciudades enteras, mis pensamientos bajaban como piojos en mi cabeza y me imaginaba en como pintar el aire con mis dedos como imitar tu sonrisa con el crepúsculo de mi mirada. A veces salgo al patio de tus manos para surcar a besos tus caminos, a veces te invento una sinfonía con la luz de mi ciudad favorita. Te llevo en el bolsillo derecho de mi pecho siempre, mientras que en el camino se me caen los pantalones, mientras cierro los ojos y finjo dificultad para respirar, finjo dolor, finjo tristeza para poder retratar a duras penas en este pedazo de rincon mi grandeza en este mundo creado por mi para tí, en esta sinfonía agridulce que es nuestra vida. Te amo, y aunque de mi boca salen peces, de mis orejas sale música (como siempre) y de mi corazón, sale tu nombre, una y mil veces, retroalimentando este mundo, que nadie mas conoce.
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